martes 3 noviembre, 2026
MEDIO AMBIENTE

Reserva Ecológica Costanera Sur: un pulmón verde en nuestra gran ciudad

Quienes se dirigen a la Reserva de Costanera Sur en los veranos, claramente, están rebelándose contra el asfalto y el ruido de automóviles en la ciudad. Y bien que saben dónde ir: a este enorme tapiz natural que cuenta con 350 hectáreas y es ideal para parar, respirar a fondo y, por unas horas, disfrutar de los sonidos que ofrece la naturaleza.

La gestión del gobierno de la Ciudad en la Reserva

La gestión del GCBA hizo de este gran espacio natural un lugar accesible para todos. Allí, de forma gratuita, podemos observar, y por qué no, estudiar la biodiversidad que allí vive. Se han diseñado distintos caminos para recorrer este pulmón verde, pero respetando al mismo tiempo lo silvestre del lugar. Y es que la naturaleza se acercó aquí cuando esto era solo un gran número de escombros depositados por gobiernos anteriores, a razón de distintas obras públicas. Lo natural se abrió paso lentamente, pero con una fuerza imparable.

¿Somos un sitio Ramsar?

No toda la ciudad, pero la reserva sí lo es. Y esto, al fin y al cabo, beneficia a una urbanización tan grande como CABA. La distinción internacional llamada Sitio Ramsar se otorga a los humedales ya que son vitales para el planeta y su supervivencia en tanto producen agua limpia y biodiversidad. Parecerá una lista infinita de “porqués” pero seguro se estarán cuestionando qué es un humedal, ¿no cierto? Se lo define como aquel espacio verde que, básicamente, actúa como una esponja de agua: la absorbe, la limpia para luego refrescar el agua de toda la ciudad y aportar un medio de vida a los animales que allí habitan. Estos lugares son por eso claves para la existencia de la vida en el planeta ya que reducen el cambio climático. Se llama a ello un “riñón ecológico”.

Descubriendo las “plantitas”

Apenas cruzamos el umbral de la Reserva Ecológica, los árboles y grandes arbustos tan característicos del humedal proyectan sombras sobre nosotros, que son de por sí muy apreciadas considerando el crudo verano en el que estamos. A pocos metros, uno puede observar un ceibo. Hay muchos de esta especie en el lugar. Sus flores rojo carmesí se destacan sobre el cielo azul porteño. Si hay un turista extranjero cerca, nosotros nos apuramos a contarle que es nuestra flor nacional. No muchos de los porteños están enterados que aquí el Gobierno porteño, a través de su Vivero de Flora Nativa, se ha ocupado de reemplazar las especies invasoras como la Mora, por ejemplo, por talas y algarrobos. Mientras que los talas tienen ramas en forma de zig-zag, a los algarrobos se los reconoce por su corteza rugosa y color ceniza.  Recuperar esta flora perdida recrea a Buenos Aires antes de ser Buenos Aires y esto está claro si se mira a la reserva desde un rascacielos y uno se imagina cómo era antes de llegar el español aquí.

Danza de plumas

Atención, vamos a mencionar algunos nombres de aves, por lo tanto, ¡busquen después las imágenes en las redes! Es imperdible. Si disfrutan del color verde que se camufla entre la flora del lugar, espíen a ver si logran ver el Chiví Común. Su dorso (su pancita) es verde oliva oscuro por eso su nombre científico es Vireo Olivaceus.  En cambio, en la gama de los amarillos, hay un ave cuyo vientre es del color del Sol, se llama Benteveo. Lo conocen tal vez porque tiene un canto fuerte que interrumpe la calma de la Reserva por momentos. Cuando llega la tarde, los espejos de agua son el hogar de las garzas blancas. Sus siluetas parecen ser como estatuas. Y esto no se debe a razones muy poéticas: están muy quietas porque están cazando peces o ranas. 

El rol del gobierno de la Ciudad en la reserva

Detrás de este aparente paraíso natural, existe un plan de manejo organizado por el GCBA para garantizar que este gran humedal no se seque. Esto se logra a través de tareas de dragado en las lagunas “Los Coipos” y “Las Gaviotas”. Gracias a este trabajo constante, el agua no se estanca y la biodiversidad puede preservarse. El propósito es que la luz del sol pueda nutrir el fondo de los espacios lacustres. Lo que se está extrayendo son las plantas invasoras.

Pero existen muchas otras iniciativas para cuidar este entorno natural. Además de controlar las plantas exóticas que, como ya se dijo, intentan matar a nuestra flora nativa, en el vivero se germinan semillas de plantas autóctonas para plantarlas en la reserva. También se realizan censos de aves y animales

 necesarios para “testear” la salud del ecosistema. Se realizan también operativos anti incendios sobre todo en verano porque el pastizal está seco. Por último, se mantienen los 10 kilómetros de senderos -sí, son 10-, los miradores al río y los puestos de interpretación que explican y mapean el tesoro que esta reserva significa para los porteños y para todo el planeta.

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